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¿Dónde está la carne?
Beatriz Paredes es flamante presidenta nacional del PRI, un cetro totalmente abollado, oxidado y cayéndose en pedazos Beatriz Paredes tuvo un arranque de semana intenso. Fue a programas de radio y televisión para lanzar un mensaje sobre la inclusión de todos los grupos del partido a reconstruir lo que tienen, y a tender los puentes de colaboración que se requieran con el gobierno de Felipe Calderón. Como nueva dirigente nacional del partido tuvo palabras magnánimas para su derrotado Enrique Jackson, y entonó una melodía cuya letra dice que están mal en el PRI pero que tienen el suficiente bagaje para estar bien. Pero a ver quién le cree. Más allá de sus credenciales políticas, como mujer de ideas y poseedora de una retórica densa, Paredes es la nueva dirigente de un partido donde cualquier líder que hubiera quedado carece de poder real. La diferencia de dos por uno sobre Jackson es engañosa. Un dato relevante es que casi una tercera parte de los consejeros elegibles para votar optó por no sufragar. ¿Por qué no lo habrán hecho, particularmente en esta elección donde decían que se jugaban el futuro? Si es la mera falta de interés, ya significa un problema. Pero si fue, como sospechan, por la influencia de la maestra Elba Esther Gordillo que donde no movilizó a favor del sinaloense abrió la opción acostumbrada de si no apoyan no estorben, entonces ese partido tiene un problema mucho más profundo: no logran sacudirse a su némesis. El otro dato es que la barredora del aparato movilizado por los gobernadores sacó a flote a Paredes y hundió a Jackson. Por Jackson votaron sólo seis de los 17 estados gobernados por priístas: en su natal Sinaloa; en Quintana Roo, donde la protegida del mandatario estatal fue la compañera de fórmula en el binomio perdedor; en Nuevo León y Sonora, cuyos gobernadores han sido tan cercanos a Jackson desde el Senado como enemigos de todo aquello que tenga el más mínimo tufo a Roberto Madrazo; en Coahuila, donde el gobernador abreva de la maestra Gordillo; y en Veracruz, donde la influencia de ella es mayor que el poder territorial del ejecutivo estatal. Los 11 gobernadores que le entregaron su estado a Paredes son no sólo mandarines dentro de la estructura política del PRI, sino activos jefes regionales del partido. Paredes les rendirá cuentas a ellos, y por eso escogió como compañero de fórmula a Jesús Murillo Karam, garante para la protección de sus intereses. Pero los gobernadores no son los únicos dueños de Paredes. Están los sectores. Ella misma, procedente del sector campesino, le debe lealtades al líder vitalicio, Heladio Ramírez. También tiene que agradecer a Marco Antonio Bernal, dirigente del sector popular, y alfil del líder priísta en el Senado, Manlio Fabio Beltrones, quien fue uno de los soportes de la tlaxcalteca. El dirigente obrero, Joaquín Gamboa Pascoe, que también le entregó votos, abreva buena parte de su fuerza en los estados que se le entregaron a la nueva dirigente nacional. Apoyo, sin embargo, no significa entrega. El ofrecimiento de colaborar con el gobierno de Calderón tampoco garantiza control. ¿Podría comprometerse con Calderón para que el sector obrero y el campesino, cuyas menguadas bases han visto cómo se reduce en casi 30% la capacidad de su bolsillo en lo que va del año, no le increpen en la cara su política económica? No puede hacerlo. Tampoco puede ofrecer a sus interlocutores respaldo homogéneo en las cámaras. El respaldo de Beltrones le cuesta más a ella que a él. ¿Y Emilio Gamboa, el coordinador priísta en la Cámara de Diputados que la jugó con Jackson todo el tiempo? ¿Podría el gobierno tenerla a ella como interlocutora para negociar con él las reformas que necesita? Tampoco. La fórmula Paredes-Murillo tiene dominio pleno sobre Insurgentes y Violeta, la sede física del PRI, pero todo lo demás tendrá que negociarlo y acomodarlo. Son una presidente y un secretario general sin músculo, porque el que debían haber desarrollado cuando al perder la elección presidencial en 2000, y tener que transitar del brazo electoral del presidente priísta en turno a fuerza de oposición, nunca lo ejercitaron. El PRI era un cuerpo político homogéneo por gracia del presidente priísta en turno. Hoy es una especie de monstruo de mil cabezas donde ningún interlocutor del partido sabe con certeza quién manda, controla o es capaz de consensuar. Paredes ha dicho en sus entrevistas con medios electrónicos que existen cimientos muy sólidos para reconstruir el partido, no sólo para pintar la casa y maquillar el cambio. No dejan de ser buenas intenciones. Muchas palabras ha dicho Paredes, pero ni siquiera ha rondado la parte por donde debía empezar: la autocrítica y la evaluación del porqué fueron arrumbados en el tercer lugar como fuerza política nacional. En privado, todos los priístas hablan de ello. En público, hacen mutis. Los atrapan las contradicciones a todos, por diferentes motivos. Beltrones quisiera acabar con el IFE para lograr que la fiscalización de los recursos deje de hacerse en Tlalpan y pase a ser tarea del auditor de la Federación, que responde al Congreso -o sea, a los legisladores, que son a quienes se fiscaliza. Ese PRI no quiere que les revisen las cuentas de la campaña presidencial, porque no desean que se haga público el destino de los dineros. Pero al mismo tiempo, el PRI del Senado pide al gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, que reconsidere su renuncia. Quieren que se vaya discretamente sin que le revisen la partida 23 del presupuesto, de la que presuntamente desvió fondos públicos para la campaña presidencial, pero sin exigirle explicación del porqué de su mal manejo magisterial que le generó tal descrédito al PRI que, en la elección presidencial, sólo ganaron uno de 11 distritos frente al candidato de la coalición Por el Bien de Todos. Al gobernador de Puebla, Mario Marín, que se vio involucrado en un escándalo de protección a pederastas durante la contienda presidencial, que provocó que el PRI perdiera ante el PAN en 13 de los 16 distritos, tampoco le han pedido cuentas. Ruiz y Marín le siguen costando votantes al PRI, pero ¿cómo amputarse esas piernas? Ruiz es protegido de los madracistas; Marín comparte amistades con Gamboa, que le inyectaron recursos a varias campañas estatales priístas. Beatriz Paredes es sujeto y objeto de los grupos de interés y de sus conflictos. Reconstruir al PRI tendría que ser una tarea que debería de empezar por extirpar todas las rémoras y demoler todo aquello que signifique un lastre. Pero no podrá. Ella no es dueña de su presente, y tampoco lo será de su futuro. El PRI tendría que colocarse una bomba para ser destruido en su totalidad y de entre sus cenizas volver a nacer. Pero las ave fénix son míticas y, en el caso del PRI, ni metafóricamente esa utopía tiene anclas en su realidad. rriva@eluniversal.com.mx r_rivapalacio@yahoo.com
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