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Un calderonista a La Habana
Los mensajes públicos entre los gobiernos de México y Cuba dibujan someramente la reconstrucción de las relaciones bilaterales La mejor noticia para la política exterior mexicana en las dos últimas semanas no surgió de Mérida, donde estuvo el presidente George W. Bush, o la emotiva visita a la ciudad de México de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet. Lo mejor de todo provino de París, donde hace dos lunes el canciller cubano Felipe Pérez Roque, desde su embajada en la UNESCO, dijo que su gobierno está "observando y esperando" cómo se apartaba el gobierno de Calderón de su antecesor, Vicente Fox, quien llevó la relaciones al punto de la ruptura. Rápidamente, el presidente Felipe Calderón acusó recibo en una entrevista donde deseó el pronto restablecimiento pleno de los históricos lazos entre los dos países. Calderón y Pérez Roque estaban hablando públicamente lo que se ha estado cocinando durante semanas. La señal que preconfigura un nuevo puente entre los gobiernos de México y Cuba es resultado de un trabajo de filigrana que se ha venido realizando para reencauzar las relaciones bilaterales al nivel de cuando menos hace seis años. Así como la declaración de Calderón no fue fortuita, tampoco lo fue la de Pérez Roque, actualmente uno de los hombres más fuertes en Cuba. Días antes de esos mensajes en el lenguaje altamente codificado de la diplomacia, el canciller cubano envió un saludo personal a la secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa, una vieja conocida desde que la embajadora estaba inmersa en asuntos multilaterales. La respuesta al gesto fue un mensaje, por los mismos conductos, de que en el momento en que él estuviera listo, ella lo invitaría a México para hablar sobre el retorno de las relaciones bilaterales a su máxima capacidad. Las señales diplomáticas de Pérez Roque han sido mucho más contundentes de lo que se aprecia en público. Por ejemplo, las que tienen que ver con el embajador cubano en México, Jorge Bolaños. El diplomático, que goza de una ascendencia en Cuba como pocos embajadores cubanos que lo precedieron, iba a ser sustituido en el primer trimestre de este año, pero con los primeros gestos de Calderón hacia La Habana se consideró que sería más útil que un diplomático como Bolaños permaneciera en México, pues la comunicación entre los dos países, dado el conocimiento que tiene de los mexicanos, incluida una vieja relación con la secretaria Espinosa construida desde la Cumbre Iberoamericana en Guadalajara, sería más fluida. El diagnóstico fue preciso. En estas dos últimas semanas, las fichas caribeñas se fueron acomodando rápidamente. Los parlamentos de ambos países están revisando las fechas para que este mismo primer semestre puedan tener una reunión en La Habana, que quisieran hacer coincidir con los deseos de Calderón de poder visitar al comandante Fidel Castro. Pero más importante aún, el Presidente tomó la decisión de relevar al actual embajador de México en Cuba, José Ignacio Piña, y reemplazarlo con el actual embajador mexicano en España, Gabriel Jiménez Remus. El mensaje transmitido por Calderón de enviar a una persona con cercanía y de total confianza fue bien entendido en La Habana, que de acuerdo con diplomáticos, ya otorgó el beneplácito. La decisión de enviar a Jiménez Remus es totalmente sorprendente, dado que el embajador que cumple ya seis años en España parecía ir camino al retiro de su tardío ingreso a la diplomacia, y que dentro de la cancillería mexicana había una corriente de opinión que dadas las dificultades profundas que se vivieron durante el gobierno foxista, lo más recomendable sería un diplomático experimentado y al que conocieran los cubanos. Pero la apuesta por Jiménez Remus, que pertenece a la formación doctrinal de Calderón, no ha caído mal entre internacionalistas. De hecho, antes de ser embajador, como senador, Jiménez Remus estableció una buena relación política con Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional Cubana, ex embajador en Naciones Unidas y uno de los hombres más confiables de Castro, quien podría ser puerta de entrada a la nomenclatura castrista. Calderón parece haber seguido los consejos de ex presidentes como el español Felipe González, quien al hablar sobre nombramientos de embajadores le comentó durante su reciente visita a España que, al llegar al poder, decidió enviar a un teólogo como su representante en el Vaticano, un Estado de interés estratégico para su naciente gobierno, que se convertiría en un error de inexperiencia. González le dijo a Calderón que no tardó mucho en darse cuenta de que lo que les sobraba en la sede vaticana eran teólogos, y lo que apreciaban era un embajador que tuviera la cercanía y el acceso al presidente. Pocas personas dentro del servicio exterior mexicano en estos momentos pueden preciarse de tener una cercanía a Calderón como Jiménez Remus. Se va a necesitar. Con Cuba, donde no hay vinculaciones de orden doméstico como en el caso estadounidense ni existe dependencia económica, lo fundamental se centra en lo geoestratégico. Para México, las relaciones con Cuba se inscriben dentro de su seguridad nacional, también en diversos niveles. En el interno se dan varias facetas de estabilidad. Por un lado, como sucedió durante décadas, el acuerdo político tácito de no expandir la Revolución a territorio mexicano, ni patrocinar a grupos armados, como no ha hecho Cuba de manera institucional con el EZLN o el EPR. Por otro, frente a la probabilidad de que el comandante Fidel Castro muera este año como consecuencia de su enfermedad, existen amplias posibilidades que un éxodo masivo de cubanos pudiera golpear las costas mexicanas hasta con 150 mil inmigrantes isleños en unos cuantos días, ocasionando problemas serios de desplazamientos inesperados en varios estados del sur del país y una crisis de refugiados. En ninguno de los dos casos se podrían manejar adecuadamente los fenómenos sin una estrecha colaboración con el gobierno cubano. En otros niveles, la restauración de relaciones plenas con La Habana tendría consecuencias positivas inmediatas con otros gobiernos. Uno de ellos sería el de Venezuela, donde los lazos entre Castro y el presidente Hugo Chávez son muy estrechos. Varios mensajes han sido enviados ya a Caracas para mejorar las relaciones bilaterales, y la forma como Chávez ha respondido positivamente ha sido no enfrentar de manera frontal a Calderón en sus discursos. Pero Chávez no va a avanzar más si antes no lo hace Castro. De la normalización de las relaciones con Cuba depende en buena parte la recuperación de las relaciones plenas con Venezuela y de una mejor relación con otro presidente en la misma línea político-ideológica, Evo Morales de Bolivia. La cascada no terminaría ahí. Una buena relación con Cuba tendría impacto también en los tratos con el presidente argentino Néstor Kirchner, y ayudaría en el equilibrio de fuerzas con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva de Brasil. Ciertamente, Cuba es la llave que tiene México para reencontrarse con América Latina. Hay que abrir la puerta. rriva@eluniversal.com.mx r_rivapalacio@yahoo.com
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