“Me siento luchando contra un cerro que no sé cómo derrumbar”Salió de Oaxaca hoy a las 4 de la mañana. Vino al DF a hacer diversas gestiones ante la Sedesol y la Reforma Agraria, y a dar algunas entrevistas, sobre todo a medios internacionales. Vestida con pantalones de mezclilla, chamarra café y un rebozo blanco, el largo cabello negro recogido con una improvisada cola de caballo, Eufrosina Cruz, una indígena zapoteca de 27 años, suspira al sentarse y pedir una naranjada en la mesa de El Cardenal, en el Sheraton del Centro Histórico: —Hoy, como otros días, me digo: ¿qué hago aquí? —dice risueña. —Luego por ahí andan diciendo que soy una indígena light. Pero ella no tiene nada de light. Lleva 16 años desafiando lo que la vida le deparaba. Lo que veía que hacía su madre: levantarse a las 3 de la mañana y hacer tortillas con las manos endurecidas por la cal del nixtamal, casarse antes de los 13 años con quien su padre lo decidiera, cargar leña, tener muchos hijos y no tener voz ni voto —literalmente— en la comunidad de Santa María Quiegolani , en Oaxaca, donde nació. Pero “China”, como le dicen de cariño, se fue de su comunidad a los 11 años. Después de caminar 10 horas, se subió a un camión por primera vez. Llegó a Oaxaca capital sin hablar más que zapoteco… y ahora, tras mil y un precariedades, es una contadora pública titulada y que sueña con estudiar Derecho en la UNAM. —Lo de El Chavo es real. Yo jamás me pude comer una torta. Tenía una beca alimentaria, pero la vendía para comprar útiles, fotocopias… Se sentía sola. Le llegó la menstruación a los 15 años y no sabía de qué se trataba. Pensó si valía la pena, pero se respondía que al menos podría elegir con quien se casaba. Trabajó y regresó a su pueblo. Al ver que todo seguía igual —parado en un momento hace más de un siglo—, comenzó a ganarse a los hombres y no estar sentada en el piso como las demás mujeres mientras ellos estaban a la mesa. Poco a poco. Comenzó a platicar. Luego tomó mezcal a la par. Jugó basquetbol. Pero fue más allá: lanzó su candidatura a la presidencia municipal y la ganó. Era el 4 de noviembre de 2007, pero no le reconocieron el triunfo ni la participación por ser mujer y además profesionista. —Los hombres estaban votando por mí, en mi municipio. Yo no pude votar por mí misma. El colmo es que la ley respaldaba a su contrincante hombre: en Oaxaca, 418 de los 570 municipios están regidos por “usos y costumbres”. En 82 de ellos, la palabra “mujer” simplemente no existe. Pero entonces comenzó una lucha mayor: la de buscar que se reconozcan los derechos políticos —y muchos otros, de igualdad— de las mujeres indígenas de su estado. Buscó apoyo en Oaxaca y se topó con pared. Se le paró enfrente a Ulises Ruiz y logró que en la Constitución local se legislara el derecho de la mujer. Ahí está, y sobre ella, si faltara, la Constitución federal. Pero mientras no baje a leyes secundarias, no será una realidad. Primero se quejó ante el encargado de usos y costumbres del estado. La quiso seducir. Luego buscó apoyo en el Congreso. Recuerda las palabras de Sofía Castro, diputada priísta: —Los usos y costumbres no se pueden trastocar de a madrazo, me dijo. Y argumenta: —¿Por qué podemos tener internet, tecnología, pero no “trastocar” los usos y costumbres? Ahora tiene un creciente apoyo nacional y también internacional: logró que en la pasada Cumbre Interamericana de Temas de Género, Juventud y Desarrollo, las ministras de 22 países suscribieran apoyo para su causa. Pero a ella le va peor: en mayo pasado, tras una visita de diputados federales, a Eufrosina la expulsaron de su comunidad. En el acta que me enseña consta cómo Eloy Mendoza Martínez, el presidente municipal, y los síndicos la acusan de decir “mentiras” ante los medios de comunicación y crear divisionismo. Ahora cada vez que regresa a Santa María Quiegolani lo hace escoltada por policías, tras la intervención del Conapred. Además de la “expulsión”, también ha recibido amenazas de muerte. —He roto muchas reglas. El mundo de mi familia salió de esa prisión, de esa marginación. Pero quiero lo mismo para todas las mujeres de mi pueblo. Pero me siento luchando contra un cerro que no sé cómo derrumbar. Ella quiere que a las mujeres se les escuche: que tengan derecho a participar en la vida social y política de su comunidad. A que puedan decidir si van al médico, cuántos hijos quieren tener. Dice que se siente obligada a soñar por las mujeres de su comunidad que ya no lo hacen. No sólo por las viejas que ya no conocieron otra vida, sino por Celia, una mujer de 23 años, cuyo sueño es que cuando su hija tenga 18 años —ahora tiene tres— tenga ya derechos. —Fíjese, lic… no sueña para ella. A mí me toca soñar por ellas. Por la abuelita que también está ahí. Y me describe “el cuartito”, un lugar de unos 20 metros cuadrados que es ya la sede de la Asociación Quiego, en la que se reúne no sólo con unas 80 mujeres, sino con unos 25 hombres que también luchan por lo mismo. Han elegido como su símbolo el alcatraz o “cartucho”, la bella flor que en su pueblo crece silvestre. Los cartuchos de Eufrosina son flores, pues. Ella dice por qué lo escogieron: —Es una flor sencilla, pero demasiado fuerte, que se dobla y no se rompe. Como ella, pienso yo. Sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas y ella misma se regaña: —Me prometí que no iba a llorar hoy… A veces las lágrimas ya no sé a qué saben. Pero me dicen: “No te agüites, eres nuestra esperanza”. Pero a veces te sientes solitita en medio del mar. Si la lucha se detiene será por las lágrimas de mis padres. Ya no tengo miedo por mi vida. Llega un momento en que la palabra muerte se ha vuelto parte de mi vocabulario… pero que lo hagan bien, porque si me dejan medio herida, me van a dar más fuerza. . |