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Víctor Flores Olea
27 de febrero de 2006
Desventuras de la economía
 

PUBLICADO por el Fondo de Cultura Económica, David Ibarra nos entrega Ensayos sobre economía mexicana , un conjunto de textos de la más alta importancia en el análisis de la situación económica del país. Un libro que no se conforma con brillar en los aspectos técnicos,sino que examina en perspectiva histórica (la política como esencial variante de la economía) la evolución de México en las últimas décadas.

En una de sus "Rayuelas" el periódico La Jornada anunció que este libro recibiría probablemente un chubasco de críticas. Yo digo que recibirá un chubasco, pero de elogios, del lado de los más serios estudiosos de los problemas nacionales.

David Ibarra nos recuerda en los capítulos iniciales que nuestro producto nacional se expandió, entre 1950 y 1980, a una tasa media anual de 6.5%, y que el ingreso por habitante tuvo un crecimiento de 3% también al año. La cuestión es que en los últimos 25 el crecimiento del producto ha sido apenas de 2%, con el riguroso estancamiento del ingreso per cápita.

A este preocupante fenómeno, en realidad regresivo en la historia del país, Ibarra lo llama "transición sin desarrollo". O como dijo Rolando Cordera en la presentación del libro: hemos llegado al Nirvana de la "estabilidad sin desarrollo".

Ibarra nos recuerda que el ingreso por habitante en México, a precios de 1990, era de 2 mil 85.00 dólares, con Taiwán en apenas 44% de esa cifra, Corea del Sur en el 42% y Tailandia en el 41%. A mediados de la década de los 90, en que México alcanzó un ingreso per cápita de 5,093 dólares, la situación se había invertido drásticamente: nuestro ingreso fue apenas 39% de Taiwán, 43% de Corea del Sur y 78% de Tailandia. El mismo desplome se registró en cuanto a los beneficios para la población, que habían perdido absolutamente el paso con otros países de economías comparables.

¿Qué había ocurrido? Un complejo de factores, pero el más contundente fue el avasallamiento de la economía neoliberal. El tamaño de la economía mexicana en el año 2000 resultaba 1.5 veces mayor del que tenía en 1980, cifra que palidece ante China (6.7 veces mayor en el mismo lapso), ante Tailandia (3.2 veces mayor), ante Corea del Sur (3.1 más grande), ante Chile (3 veces), ante Vietnam (2.7 veces), ante India (2.4 veces).

Todavía nos dice David Ibarra que entre 1950 y 1980 la inversión en México creció a un ritmo anual de 8.5%, mientras que entre 1980-2000 apenas de 1.5%. ¿Principales causas? La "marginación" del Estado en materia de inversiones, que fue de 50% y 43% en 1950 y 1980, se desplomó a 7% en el año 2000. La inversión corría ya a cargo casi exclusivo de los inversionistas privados, con los mediocres, y aún alarmantes resultados aquí descritos.

En su libro, David Ibarra no sólo alude a esas cifras que muestran las fragilidades de una economía entregada, sino que describe su impacto en las formas de vida de las mayorías: miseria, desempleo y desequilibrios sociales y económicos crecientes.

En 1998 los hogares menos ricos del país apenas contaban con 15% del producto nacional, mientras que el 10% "mejor situado" absorbía 36.7%. Entre 1980 y 2002 los salarios mínimos reales se deterioraron en 70%. Las cifras de la desocupación serían igualmente alarmantes, no obstante que el INEGI refinó sus esfuerzos para situar el desempleo, en 1996, en 5.5%, y en 2002 entre 2% y 3%.

Ocupación elevada ficticia, dado que los asalariados sin prestaciones ascienden a más de 23%, los "ocupados" que trabajan menos de 35 horas a la semana, a 7.2%, representando 3.3% quienes trabajan menos de 15 horas, además de que 72% de los ocupados labora en miniempresas (de uno a cinco trabajadores), cuyas precarias condiciones de trabajo no es difícil imaginar.

¿De qué otra manera explicar entonces, si no es por la desocupación o las condiciones salariales lamentables, la masiva emigración a Estados Unidos, calculada en cerca de medio millón al año? El maquillaje de las cifras no borra el drama de la pobreza efectiva que golpea a un número creciente de compatriotas nuestros.

David Ibarra reconoce que la democracia electoral ha prosperado en México, pero a costa de una democracia real que exigiría efectivamente mejores condiciones de vida y bienestar, y una sociedad más igualitaria. En algún momento sostiene: "En México, sus gobiernos, sus élites económicas, no aciertan a encauzar la economía hacia el bienestar de la población. Las promesas de la globalización sobre el progreso, la modernización, el imperio de la democracia se desdibujan o, en el mejor de los casos, benefician poco y a unos cuantos".

Las esperanzas de la democracia electoral como factor de bienestar, prometidas por la globalización neoliberal, han hecho crisis en México y en el resto de Latinoamérica, cuyas mayorías denuncian ya que esa democracia no se ha convertido en bienestar y en mejores condiciones de vida para sus mayorías, comenzando a mostrar una agria y peligrosa desilusión sobre la misma, según advierte el reciente estudio del PNUD de Naciones Unidas sobre la democracia en América Latina.

Entre otros obstáculos, David Ibarra señala que las modernas técnicas de comunicación han "servido sobre todo para aislar y fragmentar al votante, ya que ellas no privilegian el diálogo sino el monólogo. La ciudadanía se ha cambiado en clientela comercial". El hecho es que las élites económicas y políticas de nuestros países "no han sabido equilibrar las demandas de la democracia real y del interés nacional con los de los mercados liberalizados y mercantilizados". Obviamente se prefieren las decisiones cerradas de las élites a las decisiones abiertas de una democracia participativa y exigente.

El resultado ha sido un divorcio cada vez más profundo entre sociedad y gobierno, sin que tampoco se haya acertado a disminuir el estancamiento y la corrupción. Al contrario: el contubernio entre riqueza y gobiernos se ha acentuado con el advenimiento del neoliberalismo, anunciador de rupturas cada vez más graves.

El drama, sugiere también David Ibarra, es que las nuevas élites gobernantes, la nueva tecnocracia, sobre todo en el campo económico, ha abandonado los principios esenciales de la disciplina, subrayados desde Aristóteles y reiterados por clásicos de la economía moderna como Adam Smith y David Ricardo, para quienes el manejo de los fenómenos económicos tiene un fin primordial: beneficiar a las mayorías de la población. Los tecnócratas actuales, en cambio, habrían invertido absolutamente la relación: la economía no es para servir a la vida sino la vida para servir a la economía.

Relación tergiversada que, en definitiva, se propone someter al conjunto social a ciertos objetivos económicos, sin importar que este apego fetichizado a determinados principios interesados implique serios problemas para la nación y su población. Uno de los puntos centrales del estudio de David Ibarra consiste en la crítica profunda a una economía que únicamente se propone como metas la estabilidad macroeconómica y los precios, sacrificando las opciones de desarrollo que beneficiarían a la mayor parte de la población.

El Banco de México -dice en algún momento- no debiera tener como objetivo exclusivo abatir la inflación sino promover el desarrollo y el empleo. Y tal es uno de los propósitos de la lección ciudadana, política y económica que nos brinda David Ibarra en este libro. Dentro del modelo económico neoliberal "ganan las empresas grandes, nacionales y extranjeras, pierden las medianas o pequeñas, ganan importadores y exportadores, pierde la mayoría de los productores, ganan ciertos consumidores porque se han abaratado los abastos, mientras los trabajadores pierden en ingresos y estabilidad en los empleos; avanzan las utilidades y ceden terreno los salarios."

Una economía volcada hacia el exterior, como la mexicana de los últimos años, ni de lejos es la más adecuada para promover el desarrollo. Nunca en la historia el desarrollo sostenido de un país ha tenido como fundamento el comercio exterior, el "desarrollo hacia afuera", sino que éste ha de ser primordialmente "hacia adentro", con base en el impulso de un creciente mercado interno.

Pero además, sostiene David Ibarra, la extrema apertura se ha hecho demasiado rápido y mal: el éxito de buen número de países asiáticos y de Irlanda obedece a prudentes políticas de mercado y a políticas intervencionistas; a la mezcla de la estabilidad económica con apoyos sostenidos a la producción y a la innovación tecnológica; a políticas de fomento exportador y de estímulo a las inversiones extranjeras -pero impidiendo la desnacionalización de las mejores empresas nacionales-; a los acomodos a la economía globalizada con medidas internas democratizadoras que fortalecen las redes de seguridad social, protectoras de la población y de los productores.

La clave reside en impulsar el empleo y la inversión de los nacionales, que también ha sufrido graves retrocesos en los últimos años. "Instaurar políticas de empleo., como columna vertebral de la recomposición del país. Habría entonces que dar mayor peso a los objetivos desarrollistas y menos a los equilibradores de precios".

Al lado de tales prioridades, sostiene, deben impulsarse las políticas de desarrollo industrial, que ahora han sido abandonadas al mercado.

El "mercado": otra peligrosa entelequia que no basta para impulsar el desarrollo, pero que, sin duda, ha mostrado formidable eficacia en su impulso a la concentración de capitales y al ahondamiento de las diferencias sociales.

Otra de las virtudes del libro de David Ibarra reside en su insistencia de que la igualdad social es factor imprescindible de desarrollo, en la medida en que desencadena oportunidades y nuevas dinámicas sociales. No sólo se trata entonces de justicia en abstracto y de un valor ético irrenunciable, sino de un apoyo técnico e incluso pragmático imprescindible para el desarrollo.

Por lo demás, Ibarra considera que "la reforma del Estado es fundamental: el país necesita remodelar casi todo, las políticas educativas, laborales, fiscales, de relaciones exteriores, de inversión extranjera o de seguridad social. La adopción de un sistema semiparlamentario, reelección de legisladores, el veto presidencial, el plebiscito y el referéndum, la renovación del federalismo."

Por supuesto, tarea esencial "modernizadora" en serio del Estado es el impulso a la educación, por lo que significa de incremento a la capacidad productiva de los mexicanos. Y no sólo en el aspecto material sino en el de la cultura y los valores que constituyen el núcleo de la nación.

Escritor y analista político


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Escritor y analista político. Ha sido profesor-investigador y Director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Embajador de México, Subsecretario de Relaciones Exteriores y Presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Es autor de numerosos ensayos, artículos periodísticos y libros en materia política y social.

Sus últimas obras: "Crítica de la Globalidad" (FCE) y "Tiempo de Abandonos y Esperanza" (Siglo XXI)”.

 
 
 

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