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EL presidente Vicente Fox afirmó que en 10 años "llorarán en Estados Unidos" porque ya no habrá más espaldas y brazos mexicanos que exportar. La rotunda expresión sonó, para algunos, como una bravata. Los asesores urgieron al vocero explicar "lo que el señor Presidente quiso decir". La afirmación no fue una insolencia. Tampoco una señal agresiva dirigida al ineludible "principal socio" comercial y político de México. Mejor podría ser la rectificación de una política económica equivocada y el reconocimiento de un propósito susceptible de alcanzarse en el mediano plazo. Uno o dos días después, Carlos Slim reveló que en los bancos hay abundancia de ahorro, disponible a tasas bajas y plazos largos. "Debemos aprovecharla para realizar un programa acelerado de inversión". Explicó a los ingenieros civiles, asistentes a un congreso nacional, que son necesarias inversiones anuales por 65 mil millones de dólares. Pemex se convertiría en palanca del desarrollo nacional con 18 mil millones de dólares anuales susceptibles de financiarse en dólares. Podrían financiarse en pesos 16 mil millones de dólares para vivienda, 6 mil millones de dólares para energía eléctrica, 2 mil millones de dólares para salud, 4 mil millones de dólares para educación, 6 mil millones de dólares para agua y medio ambiente, y 3 mil millones de dólares para turismo. También anualmente se financiarían en pesos: 5 mil millones de dólares que requieren el transporte aéreo, el carretero y los ferrocarriles, 4 mil millones de dólares en telecomunicaciones, 2 mil 500 millones de dólares en puertos y mil 500 millones de dólares en aeropuertos. Slim informó a sus interlocutores que en 2005 Pemex invirtió 12 mil millones de dólares. Sólo necesitaría 6 mil millones de dólares adicionales. "Podría efectuar esa inversión con recursos propios". En septiembre del año pasado Slim había señalado que la estabilidad económica no es suficiente para que la economía crezca. "La estabilidad es sólo un instrumento, no un objetivo. Si no hay crecimiento, no hay macroeconomía buena". Con cargo a los ingresos extraordinarios del petróleo, ahora consumimos más, "pero no desarrollamos la economía. no se reinvierte en Pemex". "La riqueza debe manejarse con sobriedad y eficacia. Esos ingresos hay que redistribuirlos a través de la educación y el empleo". Las afirmaciones no son producto de la inspiración romántica de un empresario reputado como uno de los más acertados del mundo por sus políticas microeconómicas, es decir: las que aplica en sus empresas, mismas que concibe como una agregación y concertación de esfuerzos administrativos y financieros, y actividades de hombres y mujeres que trabajan por salarios remuneradores, estables, puntualmente pagados. De allí su afirmación: "No hay macroeconomía buena sin crecimiento". El crecimiento se mide en función de la microeconomía, es decir: de los ingresos de las empresas, y de los hombres y las mujeres que trabajan en ellas, así como del desempeño de los demás factores concertados para la producción y distribución de bienes y servicios. La macroeconomía es la agregación de las entidades microeconómicas. En México, el incremento en la productividad lo han propiciado las personas con empleo permanente en empresas industriales y comerciales, no obstante los bajos salarios, la ausencia de incentivos y las raquíticas prestaciones sociales. La producción marginal superhabitaria en la agricultura de subsistencia, la que posiblita la alimentación de las mujeres y los niños que permanecen en las desoladas poblaciones de las que se han salido padres, hermanos y algunas mamás para ir a trabajar del otro lado, la han efectuado los maduros campesinos sin el auxilio del Estado. Al contrario: mantienen su producción y sobreviven dentro de una inundación de productos industriales y del campo procedentes de EU y China, cuyos costos muy bajos se deben a elevadísimos subsidios en el caso de los primeros, y de medievales remuneraciones y modernos acasillamientos dentro de los cuales se alimenta a los trabajadores chinos "gratuitamente" para que soporten prolongadas jornadas y toleren su encierro en los dormitorios de las fábricas o de las explotaciones agropecuarias, durante cinco días y hasta seis días de la semana. Al iniciarse un acelerado programa de inversiones mexicanas como el propuesto, los granjeros, los contratistas, los agroindustriales y los hoteleros estadounidenses comenzarían a llorar. En 1940 el gobernador Coke Stevens de Texas diligentemente informaba a Relaciones Exteriores que ya se habían resuelto "bastantes casos de discriminación y abusos en contra de algunos trabajadores mexicanos", y exigía al canciller reconocer que eran pocos en comparación con los muchos miles que viven ¡felices y contentos! en este Estado". En 1943 el mismo gobernador comenzó a llorar porque el gobierno mexicano pensaba no mandar a Texas más jornaleros. Al subrayar que sin ellos se perderían las cosechas, el gobernador denunciaba que "cualquier resolución del gobierno mexicano para impedir la llegada de trabajadores agrícolas al estado de Texas ¡violaría los convenios vigentes!" Quizá Fox se enteró en este espacio editorial del llanto tejano. Financiado con dólares y con pesos -provenientes de las enormes cantidades almacenadas en los bancos-, el programa de inversiones, dirigido a la extracción petrolera y a su transformación petroquímica, a la vivienda, la energía eléctrica, la salud, la educación, la administración del agua y la gestión del medio ambiente, el turismo, los transportes aéreo y carretero, los ferrocarriles, las telecomunicaciones, los puertos y aeropuertos, aumentaría en un millón la oferta de empleos en las actividades agropecuarias, industriales y comerciales y en los servicios de educación primaria, media básica y superior en sus tres especialidades: tecnológica industrial, agropecuaria y pesquera; en la investigación pura y aplicada y en programas sociales. Se generarían recursos para comenzar a reconstituir las reservas técnicas de los fondos de pensiones del IMSS y el ISSSTE. En 10 años ya no habría más mexicanos para hacer en Estados Unidos los trabajos que sólo ellos estuvieron dispuestos a realizar en las pasadas seis décadas. Profesor de la FCPyS de la UNAM
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