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LA aceptación de los resultados electorales, al margen de las impugnaciones justificadas ante las autoridades competentes, de las elecciones efectuadas ayer en el estado de México, será un gesto de responsabilidad y de madurez política de los partidos y sus candidatos, que tanto se necesita hoy para alejar temores, fundados o no, sobre todo ante la cercanía de la elección presidencial del 2 de julio. De acuerdo con diversos analistas, las elecciones llevadas a cabo ayer en el estado de México servirán como un referente obligado para los candidatos, los partidos y la sociedad en general, respecto de diversos asuntos y reclamos que se han venido planteando en los últimos meses, uno de los cuales ha sido el derroche de recursos públicos en las campañas y su impacto en la convocatoria al voto, así como su correspondencia gasto-resultados-abstencionismo. Los datos preliminares mostraban los efectos de los escándalos políticos de corrupción reflejados en un alto abstencionismo, superior a 60% del padrón total; el cual registró una lista nominal de 9 millones 14 mil 847 electores, la más grande del país de acuerdo con cifras del Instituto Electoral del Estado de México. Son varias las razones por las cuales la gente decidió no votar en el estado de México, según los especialistas. Una es la saturación electoral. En la entidad eligieron hace pocos meses al gobernador, ayer a diputados y presidentes municipales, y dentro de tres meses y medio votarán por presidente de la República, diputados federales y senadores. Demasiadas elecciones para tan cuestionados aparatos de gobierno. Una reformulación del calendario electoral parece necesaria. Otras razones de mayor calado son el desencanto de los electores por el comportamiento de funcionarios, legisladores, actores y partidos políticos en general, que son exhibidos y se muestran en sus más deplorables debilidades; son denunciados penalmente y cambian de bando con sobrado oportunismo, ayunos de convicciones y compromisos con la sociedad. El mismo Instituto Federal Electoral ha expresado su preocupación al respecto. Por supuesto, muchas lecciones pueden derivarse de los comicios de ayer para las campañas presidenciales en marcha y para la democracia mexicana misma. Una es la persistente irritación provocada por la costosa merma de recursos públicos que significan las numerosas campañas electorales, para regocijo de los partidos políticos. Cierto que la democracia cuesta, pero en México, a juzgar por lo que por ella se paga, nos está resultando un artículo de lujo. La carencia de verdaderos debates con los candidatos frente a frente contribuye en mucho a la desidia ciudadana. Claro que en un debate se puede perder votos, pero también se puede ganar. En suma, si se analizan con cuidado todos los ángulos de la elección dominical en el estado de México, podríamos inferir qué tan firmes son las fortalezas y qué tan graves resultan las debilidades de la democracia mexicana, así como las frustradas expectativas ciudadanas. La parte sustantiva del sistema democrático son los electores, no los candidatos ni los partidos. Ellos van a decidir a quién quieren en el gobierno. Si prefieren no hacerlo, nos están enviando una señal de alarma que es indispensable atender de inmediato. Creemos no estar ya en los tiempos en que la abstención era deseada por el régimen porque los votos, si los había, seguramente serían en contra del partido dominante. Pero una abstención ahora es un rechazo a todos. Los próximos meses brindan a los partidos y a sus candidatos la oportunidad de corregir errores y a los votantes la oportunidad de informarse, escuchar, participar y decidir con inteligencia.
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