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JUÁREZ, en 1856, no solamente ratifica que la nación mexicana no estaba fuera de toda ley, sino que poseía un definido derecho público, el cual había evitado que tocara el funesto y pretendido estado de naturaleza. "en que los hombres recobran lo que se llama su libertad e independencia primitivas". También precisa los extremos de la irreconciliable discrepancia entre liberales y conservadores. El alegato de los liberales en favor de la elaboración de una ley fundamental nueva -frente al de los conservadores "modernos" empeñados en restaurar la Constitución centralista de 1824- descansa en el argumento histórico que da sustancia al dictamen del proyecto constitucional leído en la sesión del 16 de junio de aquel año. Los liberarles, frente a los conservadores, sostuvieron que la Constitución de 1824 era el fundamento jurídico de la causa republicana. Juárez mantendría ese contundente argumento, el cual le permitiría vencer el propósito restaurador de los conservadores disfrazados de liberales. La República Mexicana "tenía su derecho público, sus leyes, su tradición constitucional, su derecho consuetudinario". Juárez y los legisladores de 1856 ratificaron el fundamento del ser republicano de México, invocado por los insurgentes, según el cual "la nueva nación ya existía desde siempre". Una nación, dijeron, no se constituye más de una vez. Eso fue lo que había acontecido en 1824. La nación comenzó a germinar cuando concluyeron los 300 años coloniales y fue derrocado el Primer Imperio, su mortecino rescoldo. Los mexicanos entre 1810 y 1823 ejercieron su legítimo poder fundacional. No hay retórica en esta afirmación de O´Gorman. Es un dato. Juárez lo corrobora cuando estatutariamente se hace cargo de la presidencia, reivindica la Constitución, sale de la capital el 11 de enero de 1858 al estallar la guerra de tres años desatada por el pronunciamiento de Zuloaga en Tacubaya, el 17 de diciembre de 1857, y mantiene la investidura durante los agotadores 36 meses siguientes, protegido por los 8 millones de mexicanos que habrían de transformarse en nación. Duerme en los pueblos, en las pequeñas ciudades y en las capitales estatales donde le dan albergue, lo cuidan y así protegen a la República que él representa, y contribuyen a que perdure hasta que sea reinstaurado el orden constitucional que él defiende. No lo acompañan ni soldados ni oficiales de un Estado Mayor. Viaja solo. Los mexicanos de entonces están enterados de la lucha que libra el trashumante presidente. Es un fenómeno de comunicación política cuya complejidad aún no se ha explorado. Pero que puede investigarse a partir de la aceptación de que ya existen en germen una nación y una entidad territorial denominada México, cuya existencia ratifica y robustece el recorrido de Juárez. La salida de Benito Juárez de la capital señala que en México hay una guerra, no una revolución. O´Gorman señala: "No es una pugna entre un gobierno y unos rebeldes que intentan derrocarlo, sino entre dos gobiernos que pretenden la aniquilación del contrario, y que en el caso fueron el de los conservadores adueñados de la capital, y el de Benito Juárez, instalado primero en Guanajuato el 19 de enero de 1858 y después en Veracruz al año siguiente". Juárez elimina con virtuosa habilidad política un viejo -y falso- dilema. Y enfrenta el verdadero problema. El dilema: reforma o transacción. El problema: concluir la transformación de la compleja trama de grupos locales y culturales en una formación nacional con continuidad constitucional con sentido de pertenencia a una entidad territorial denominada México, lo acomete sin titubeos. Se prefigura, como señala O´Gorman, la imagen de Juárez: más que el impasible, Juárez el intransigente. Les reconoce a sus oponentes una fuerza de facto, con la cual no hay pacto posible. Por su parte, Miramón, en diciembre de 1858, afirma que "la guerra actual no es una guerra por principios políticos. Es una guerra desatada por principios inconciliables". Sólo por su talento político, por su capacidad de percibir los extremos que se excluyen, por su tenacidad, por su inteligencia jurídica y su decisión de enfrentar el problema que permitirá el surgimiento en plenitud de la nación mexicana, Juárez ocupa un lugar indisputado en la historia mundial contemporánea, como uno de los estadistas que propicia la consolidación de una de las naciones que alcanzan su independencia dentro de los años que transcurren entre 1776 y 1825. Bulnes critica a Juárez con argumentos. Es tan poderosa la acción del restaurador de la República que Bulnes y sus seguidores emplean la mayor parte de su vida para minimizarlo, desacreditarlo a través de largos ensayos, y minuciosas búsquedas de documentos que fundamenten sus descalificaciones. En los pasados 20 años, la acción política de Juárez ha sido objeto de las "frases hechas" formuladas por un grupo de celebridades que dicen escribir historia. Unos solicitan que se le baje del pedestal y que se prive del bronce en que su efigie fue vaciada para que el viento lo dejara incólume. Otros dicen que vendió la patria al firmar el tratado McLane-Ocampo. Otros lo culpan de discriminar a los mexicanos cuando el Benemérito afirma que España legó a México un sistema que ante todo descuidó la educación de los mexicanos, cuyo resultado fue "nuestra miseria, nuestro embrutecimiento, nuestra degradación y nuestra esclavitud por 300 años". Pregunta el historiador para descubrir el pecado: ¿a quién se refería Juárez con la palabra "nuestro"? No a los mexicanos. ¡A los indios!, acusa con actitud sublime. Y el Tratado lo ven con ojos de hoy. Ninguno investiga su génesis. Ni percibe que su revisión fue un recurso de quienes se dieron a la tarea de reeditar la guerra de Reforma para que la figura de Juárez no compitiera con la del caduco dictador. Seguramente la investigación seria que propiciará la conmemoración de los 200 años de su nacimiento, estimulará el estudio minucioso de la etapa durante la cual surge la compleja, la heterogénea nación mexicana. Profesor de la FCPyS de la UNAM
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