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Hace tres meses apareció un libro que escribí a la sazón con Israel Covarrubias, titulado: En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México . En el prólogo señalé a la letra lo siguiente: "Que Andrés Manuel López Obrador, un personaje controvertido de la política mexicana actual, pueda llegar a Los Pinos en el 2006 es algo más que una probabilidad. En efecto, todo hace suponer, si no ocurre nada extraordinario en los meses previos a los comicios, que López Obrador será el próximo presidente de los Estados Unidos Mexicanos". Muchas cosas han cambiado desde entonces. Lo que parecía un triunfo holgado del abanderado del PRD para el 2 de julio, quien llegó a tener 14 puntos de diferencia a su favor respecto de su más cercano perseguidor, se ha modificado sensiblemente, sobre todo en las últimas semanas. Las razones las conocemos todos. Más que la llamada "guerra sucia" articulada por el PAN para descalificar a AMLO, han sido los propios excesos y contradicciones del tabasqueño los que lo han hundido. Por ello, es momento de rectificaciones. Hace tres meses era hasta cierto punto lógico dar por descontado, como lo hice en el libro referido, el triunfo de López Obrador, pero hoy hay que corregir diciendo que no contemplé una variable que a la larga podía ser fundamental: el propio AMLO, quien ha cometido una cadena de errores pueriles que han motivado el vuelco en las tendencias que ya registran la mayoría de las encuestas. El más reciente de estos errores, y el que a la postre puede ser definitivo para sepultar sus aspiraciones, fue su negativa a asistir al primero de los dos debates presidenciales, celebrado el martes pasado. De hecho, al no asistir, López Obrador fue el gran perdedor del debate. Felipe Calderón, el candidato del PAN e indiscutible vencedor de la mesa redonda, lo dijo con claridad: "El debate de los candidatos es un derecho de los ciudadanos, no de los candidatos, por lo que negarse a debatir es darle la espalda a los ciudadanos". Muchas cosas pueden pasar de aquí al 2 de julio. No puede descartarse ningún escenario, pero todo hace indicar que el debate del martes pasado se convertirá en el Waterloo de AMLO, su noche triste, un error del cual se arrepentirá amargamente. De ser así, en el futuro los estudiosos de la comunicación política utilizarán la campaña de López Obrador como ejemplo de la manera en que no debe realizarse una campaña electoral, de cómo se puede dilapidar un importante capital político en un santiamén. Pero más allá de este vuelco electoral, que coloca a López Obrador por debajo de Calderón, el debate pareció perfilar las cosas hacia el 2 de julio con mayor nitidez: por una parte, Calderón a la cabeza, quien ha capitalizado mejor los exabruptos de Andrés Manuel. En segundo lugar, López Obrador, con un núcleo duro de simpatizantes, pero quizá insuficiente para remontar, a no ser que rediseñe su estrategia política en la recta final con audacia, inteligencia y sobre todo humildad. En tercer lugar, Roberto Madrazo, quien se aleja cada vez más de los punteros, sobre todo después de una desafortunada participación en el debate en la que apareció tal cual es, es decir, como él mismo, un hombre agresivo, autoritario, intolerante, mentiroso y malencarado. Por ello, no sorprende que la mayoría de las encuestas sobre el debate lo coloquen en el último lugar. Finalmente, una candidata, Patricia Mercado, que atrajo el interés de muchos electores gracias a su participación lúcida y sugerente en el debate y que probablemente obtendrá el registro para su partido Alternativa, lo que no se puede decir de Roberto Campa de Nueva Alianza, que en general no gustó en el debate. En síntesis, al igual que en otros debates presidenciales celebrados en elecciones pasadas, el debate que presenciamos el martes vuelve a influir decisivamente en el ánimo de los electores: modifica tendencias y marca diferencias. Por esta simple razón, pese a las limitaciones y rigideces de formato, habrá que valorar los debates positivamente; se trata de un ejercicio democrático invaluable y hasta ahora determinante que ningún candidato puede desdeñar so riesgo de desinflarse en el camino. cansino@cepcom.com.mx Director del Centro de Estudios de Política Comparada
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