Acaso no hay medida para justipreciar el sentido de esta noche esplendorosa que ahora se repite en el recuerdo de aquel nacimiento de Dios que, con el decir de Dante, “no desdeñó hacer de sí mismo una criatura, El, Autor Increado”. La noche y el día, la negrura y el esplendor, la imperfección y lo perfecto, el pecado y la gracia, el dolor y el gozo, la gloria eterna y la condenación sin final, el desconsuelo y la esperanza, el temor y la seguridad, el amor y el rencor, la grita y la ternura, la violencia y la dulzura, la guerra y la paz. ¡Qué contrastado conjunto de sentimientos para aprisionar el corazón de la humanidad en un lapso que viene a establecer el punto crucial de su destino! Porque fue en el sinfín de los tiempos que se pierden más allá de la historia prometida, cuando en el jardín paradisíaco los caminos del mal atajaron al bien del hombre que renunció a su seguro gozo de sumisión al Creador. Se dio aquel primer sombrío conocimiento del pecado y comenzó el emplazamiento de una noche más torpe y oscura que todas las noches cotidianas: noche del pavor escondido por el que los sentidos se empeñan en furia de equívocos senderos, noche del mentido gozo que rompe las barreras para estremecer el mundo con su delirio de olvido, saña, lujuria. Y fueron los milenios de la negrura prolongada sobre el corazón y las conciencias en aquel estado de abandono: Miraba el hombre crecer por las vertientes de su inclemente destino el enjambre devorador de todos los pecados. Ningún afán mayor que el deficiente ardor de lo perecedero, ninguna más pura verdad que la esencia mezclada con amarga materia y desvanecido espíritu de naturaleza caída. Aquella deuda originaria repetía su discordia en la homicida mano de Caín; que se hacinaba en montañas de poder sobre la vergüenza de Adán, víctima del reptil y la derivada luz de la manzana ya corrompida. Y el cumplimiento de la promesa rebasó los cauces del sueño y la esperanza. Del vago tinte de una esplendente aurora, al infinito fulgor de un amor sin fronteras. Y el que no tuvo jamás la concepción de lo especial, se sometió a las coordenadas mezquinas de lo creado. Lo que nunca fue sujeto de principio ni fin, muere y desaparece. Se limitó el Creador, el Sumo Poder infinito, a la temporalidad de la carne que es energía que se va apagando y desaparece, ¡oh carne que se duele, llora, crece y periclita! Porque el Creador se ha vuelto criatura, somos ahora ciudadanos de un mundo superior donde el temor no existe, donde el odio y la guerra nunca prevalecerán, donde la noche es un día esplendoroso hasta el sinfín de los tiempos. jodeortiz@gmail.com Escritor |