A pesar del estilo depurado, El hombre sin cabeza de Sergio González Rodríguez, publicado por Anagrama en marzo de 2009, es un texto espeluznante. O a lo mejor por eso. Revela una fascinación por la muerte que expresa en un libro que funciona en varios sentidos: histórico, crítico, psicoanalítico, de espacio y un estudio de la imagen como instrumento en la permanencia de una forma de asesinato como hecho clave en la sociedad de nuestro tiempo. La portada, por ejemplo, “equilibrio entre la belleza y lo obsceno”, “mirada artística de lo atroz”, es una foto de Joel-Peter Witkin de 1991, que no necesita pie.
Impacta que sea un libro personal. Un libro donde la familia del escritor aparece de cuando en cuando en situaciones extremas. Me gusta que sea una crónica de viajes, aunque la búsqueda del viajero no sean maravillosos paisajes o misteriosas ciudades, sino la huella del delito cometido con insania. Me estimulan ciertos aspectos críticos como el que establece que, “el arte pierde su distancia respecto a la realidad y adquiere una ‘fisicidad’, una materialidad que nunca había poseído antes”. Ahora que el arte tiende a convertirse en un manifiesto de inconformidad en un país que se nos cae, este criterio ayuda a comprender esta estética de lo descarnado.
La decapitación se ahorra una de las maneras de enviar mensajes de las bandas. “El brote contemporáneo de las decapitaciones se inicia en 2003, cuando circulan en Internet y mediante los teléfonos móviles imágenes de trato inhumano y torturas a prisioneros iraquíes por parte de soldados de Estados Unidos”. Esto, de acuerdo con Mario Praz, citado por González, es “la belleza medusea”, identificada “como la combinación del placer y el dolor, la crueldad y la voluptuosidad, o bien la belleza y la poesía extraídas de materias ‘innobles y repugnantes’”. Pero esto es el impacto ampliado en las clases informadas. Los ejecutores jamás tendrían semejante pretensión. Como lo que cuenta Sergio de los sicarios que lanzaron cinco cabezas en una pista de baile. “Sembraron el temor y ordenaron silencio a los circunstantes”.
“Los cortadores de cabezas son personas primarias”, afirma González, “carecen de inteligencia emotiva, capacidad de abstracción, normas morales…”. Poseen la rabia de la marginalidad cuya única regla es sobrevivir y se expresa en este libro sin moraleja. “La humanidad transcurre poco a poco del culto a los cráneos y la caza de cabezas asociada a este por la vía sacrificial, a la forma laica del suplicio”. Es cuando el cuerpo humano deja de ser un ente vivo o un ser inerte para convertirse en un símbolo y desde luego en un mensaje.
Sergio González Rodríguez, nacido en la ciudad de México en 1950, emplea un discurso suave para contarnos hechos aterradores; desde el momento en que su hermano rebasa la línea entre la vida y la muerte y regresa para contarlo, hasta el temible pozo de Meléndez, una profunda tumba milenaria de la que poco se conoce. Propone un heptálogo del miedo donde concluye: “El miedo se vuelve un conductor del caos, cuyos signos palmarios son la desinstitucionalización”. En una región y en una época en que nada parece estar en su sitio y donde crecen “los miedos modernos”, como Sergio los llama, es hora de que dilucidemos en que nos han metido los guerreristas.
La numeralia es parte de la explicación de la guerra que padecemos: 5 mil 200 ejecutados en 2006, número que está siendo horrendamente rebasado en 2010; 312 casos con mensajes y al menos 170 decapitados. En México circulan más de 15 millones de armas, entre ellas AR15, AK-47 y el subfusil P90, que dispara 900 balas por minuto. “A lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos hay 12 mil puntos de entrada y venta de armamento ilegal”. Nos cuenta González Rodríguez, que también ha sufrido lo suyo y algo desliza aquí. A la delincuencia organizada y a sus adláteres no les gusta que los balconeen.
A pesar de lo áspero que es El hombre sin cabeza, deja sitio a la percepción poética del espacio y la violencia: “Los amos de la noche también se intoxican con ella”, escribe Sergio mientras vela sus armas, y en pleno viaje, “el bosque llena el aliento” o, “nombrar es distinguir” en un sentido humano; también dedica unas líneas a los puentes, que unen, dicen unos, mientras otros los detestan por antipoéticos.
Sergio González Rodríguez es un autor que investiga meticulosamente, que encuentra los asuntos importantes y los puntos de quiebre. Que sabe comunicar. Este libro encaja bien como texto de no ficción, pero hay páginas en que uno percibe, no la información, sino la manipulación de un autor que conoce el alma humana y los diversos caminos que la seducen.
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